Los sentimientos de los colores

Los resultados de varios estudios han establecido que las asociaciones que se establecen entre colores y sentimientos no son accidentales, sino consecuencia de nuestras experiencias. Ningún color carece de significado pero su efecto está determinado por el contexto en el que lo percibimos y por los sentimientos que vivimos en ese momento. ¿Sabías que en la antigua Roma tener los ojos azules era una desgracia, y para una mujer era además una señal de conducta disoluta, o que en la Edad Media la novia se casaba de rojo pero también las prostitutas vestían de rojo?

Conocemos muchos más sentimientos que colores porque de tanto tenerlos ante nuestros ojos hemos terminado por no verlos. No nos damos cuenta de que transmiten códigos que obedecemos sin ser conscientes de ello y tienen una profunda influencia en nuestro entorno, actitudes, comportamientos e incluso lenguaje.

Los colores pueden ser conformistas como el azul que se funde con el paisaje y no quiere llamar la atención. Como el fuego y sangre, amor e infierno del rojo, ese color orgulloso y fascinante. Es el blanco, el color más antiguo y fiel, el que nos habla de la inocencia perdida. Verde, el color de la primavera, aparentemente tranquilo pero cargado de vida y pasión. Amarillo, el color que suscita desconfianza en occidente y que en oriente se asocia al poder y la sabiduría. Negro, color de la elegancia y el glamour pero también de la adversidad y el mundo subterráneo. El violeta, el marrón, el gris simbolizan la vanidad, la comodidad, la neutralidad…

El mismo color puede aparecer en momentos y contextos diferentes y provocarte sentimientos distintos. Hoy, cuando salgas a la calle y mires a tu alrededor, observa los colores, piensa que ningún color carece de significado y deja que la conexión fluya.